jueves, 26 de mayo de 2011

La esfinge histérica

Al cierre de este número, el pobre país ficticio de las mayorías volubles y extraviadas, sigue pendiente de la decisión hamletiana de Madame Wilhelm: ser o no ser presidenta. Como la vetusta esfinge —esto es, como un demonio de destrucción y mala suerte— ella alimenta el juego cruel del acertijo, más ridículo que el enunciado por Diodoro Sículo cuando le hacía inquirir a la monstruosa imagen cuál era el ser a la vez bípedo, cuadrúpedo y parlante. En este caso, hay tantos de esos seres a la vista y olfato, que ni al consuelo de un incisivo y descifrador Edipo podría aspirar la módica esfinge kirchnerista.
Sin embargo, no es este oficio de mal agüero el que nos irrita en Cristina. Porque cuanto más lo abraza y practica más al descubierto queda su indigencia moral. Degradada a la condición de un objeto de encuestas, presionada por las culatas de camiones camorreros y de una corte inconmensurable de hampones que supo encumbrar e integrar, su vida ya no es humana sino un mero instinto animal de poder, resentimiento y codicia. Un dígito en la tómbola depravada de la democracia. Una cosa en el engranaje grasiento del Régimen.
Lo que nos fastidia, decimos, es que pretenda hacerle creer al gentío que su mester de gobernanta es similar al de un galeote: entretejido de penurias, sacrificios, grandes esfuerzos físicos, y una abnegación en virtud de la cual se habría entregado por la nación hasta extenuarse. De resultas, ella nos haría el favor de seguir conduciéndonos; y si los extorsionadores —hasta hoy sus activos aliados— se salieran de madre, nos castigaría con la mano de hiel de su ausencia en los próximos carnavales octubrinos. Al igual que el occiso Néstor, el de los garfios ligeros, la viuda aspira al procerato en vida, y cree tener un destino de estatuaria con botox incluido.
A tan burda maniobra —que encubre con el halo de un servicio a la patria jamás prestado, los que fueron años de enriquecimiento ilícito, frivolidad, corrupción, homicidio y despilfarro burgués— le han puesto el nombre de Operativo Clamor. Otro es su nombre, que pocos osan decir por temor o pacatería. Y ese nombre es histeria.
Usamos el nombre con la mayor propiedad que nos es posible siendo legos en la materia. Pero la mujer que se pavonea por la cadena nacional, ora inaugurando una cámara séptica, ora un ascensor descompuesto o una recepción a terrroristas asilados, tiene todos los rasgos de tan fea neurosis. Lloriqueos, gritos disfónicos, movimientos convulsos, crispaciones de puños, índices acusadores señalando el vacío, arremolinamientos bruscos de la pelambre, alguna coz involuntaria contra el piso, y un rictus agresivo que le cuelga del belfo, mitad risa, mitad congoja, y en su conjunto mueca descangallada.
Desbordada en privado y en público, eufórica, lela, virulenta, suplicante, cursi y amenazante a la vez, tamaño manojo de pasiones intemperadas dicen que puede ser reelegida. ¿Alguien se ha detenido a meditar, más allá de lo ideológico, el riesgo que comporta el ejercicio de un poder omnímodo en manos de una desequilibrada? Si la histeria es política de Estado, lo menos que debería declararse es un estado de alerta colectivo.
Tiene además, la señora, en tanto histérica, graves trastornos disociativos. Como la amnesia, que le impide recordar el sinfín inenarrable de perrerías consumadas, desde la falsificación de la historia hasta la legalización de las fornicaciones contranatura. Amnesia vuelta a veces fuga de la realidad, y otras una demente construcción de personalidades múltiples.
Cristina, en efecto, cree ser a la par una galería de féminas ilustres, según el cartabón de las izquierdas, y ha ordenado romper los espejos que podrían mostrarla con todo el patetismo de su rusticidad, incultura, delito y jactancia.
La Argentina, quede en claro, nada le debe a los Kirchner, que no sea devastación espiritual y material. Sumatoria de despojos, que tanto tienen putrefacto al cuerpo como al alma de la patria aherrojada. Si está en los planes de Dios que le sea restituido su decoro, no en venideros comicios sino en heroica reconquista, la memoria genuina sabrá grabar con el mote de malnacidos a quienes tanto daño le hicieron. Será el fin de la histeria y el primado de la cordura.
Un verdadero Operativo Clamor está pendiente. Alguna vez esta última palabra se usó en nuestro pasado para rememorar a quienes alcanzó injustísima muerte. Se use ahora y en adelante para anhelar la resurrección “de la pálida patria, patria enferma”, según la retratara hace tanto los versos inolvidables del Padre Castellani.

Antonio Caponnetto


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