lunes, 22 de marzo de 2010

Con Videla estábamos mejor...

Como una clara y sugerente demostración de los tiempos que corren, al promediar la semana pasada ocurrió en el centro de la Capital Federal un suceso del que el oficialismo y la llamada oposición deberían tomar buena nota e interpretarlo correctamente. Por cierto y por los motivos que surgen del relato que pones frente a nuestros lectores, el suceso fue silenciado y ocultado a los medios de comunicación.
Estos fueron los hechos: cuando mayor era la afluencia de público y más apurados circulaban los transeuntes, desde una camioneta descendió un grupo de personas integrante de la producción del programa televisivo "Caiga Quien Caiga" (CQC) que mediante pretendidas situaciones humorísticas - muchas de ellas forzadas - pretende entretener a la audiencia desde la pantalla chica. Ese día y mientras las mismas autoridades pasaron por alto un acto de falsedad ideológica realizado por el mismo grupo que pretendió simular un delito de pedofilia que sería filmado con una cámara oculta y contaba con la participación de un falso sacerdote, un nuevo revés pondría en el banquillo de los fracasos a CQC.
Efectivamente, el equipo de producción comenzó a distribuir entre los apurados ciudadanos camisetas que llevaban impresa la frase "Con Videla estábamos mejor". La idea, surgida ante la proximidad de un nuevo aniversario del pronunciamiento cívico militar del 24 de marzo, apuntaba a lograr un esperado y airado rechazo del público, acción que debía ser registrada mediante cámaras distribuídas estratégicamente para luego utilizar las filmaciones en el programa.
Apenas se inició el operativo, la gente no sólo aceptó las camisetas con la leyenda sino que comenzó a congregarse en torno de quienes las distribuían y puso en marcha reclamos que solicitaban medidas especiales. "Yo estoy gordo y panzón", se escuchó decir a un señor entrado en carnes quien, educadamente, preguntaba a los asombrados jóvenes de CQC si existía la posibilidad de obtener una medida más adecuada a su tamaño. A la inversa, varias señoras, al enterarse de lo que ocurría pidieron medidas pequeñas "para los chicos; éstas les va a quedar grandes". Una, más entusiasta, pidió tres "para que las lleven al colegio..." y ponderaron la iniciativa.
Lógicamente, la congregación del público hizo que se acercaran más transeúntes que estiraban sus brazos y manos para recibir las prendas. Coincidentemente y como es habitual en estos casos, se inició una ronda de comentarios políticos que versaron especialmente sobre la grave situación por la que atraviesa el país. Inseguridad, costo de vida, confusión y presiones en el Congreso, falta de presupuesto, piquetes, el hartazgo por los discursos presidenciales y muchas otros temas de actualidad. Aunque no se conocían entre sí, no faltaron quienes comenzaron a cruzarse bromas en torno de los supuestos poderes afrodisíacos de la carne de cerdo o sobre los insólitos camiones vendedores de pescado que promociona el gobierno. Chanza va chanza viene, se creó una atmósfera entre risueña, memoriosa y comapartiva entre el pasado y el presente, especialmente por parte de los mayores que iniciaron relatos de anécdotas, experiencias vividas y comentarios que giraban en torno de la violencia delictiva, las falsedades de las cifras del INDEC y la inflación que crece día a día. Entre risas, una señora algo entrada en carnes y prominencias estratégicas sugería que "hay que probarse para ver como nos quedan" y amenazó con desbrocharse para ponerse la camiseta que le tocó en suerte. De golpe, un aire de alegría distendió los rostros contraídos y los gestos de dureza que demostraban la mayoría de quienes circulaban por la zona céntrica.
Azorados, los jóvenes de la televisión no atinaron a reaccionar hasta que quien parecía dirigirlos dio una orden, se apagaron las cámaras de filmación, se desconectaron los micrófonos y los cables, enrollados con apuro, fueron arrojados en el piso del veh+ículo en que habían llegado y raudamente, partió con rumbo desconocido. Quienes lograron hacerse de alguna camiseta las blandían sonrientes y el resto, decepcionado, preguntaba donde se podían adquirir hasta que en medio de murmullos, la reunión se disolvió lentamente.

Por Carlos Manuel Acuña

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